FLASH ICONO DE MODA. JACQUELINE DE RIBES: EL ARTE DEL ESTILO

Ese fue el titulo de la Exposición que le dedicó el mismísimo Costume Institute del Museo Metropolitano de Arte, de Nueva York.

Un icono internacional de estilo, cuya originalidad y elegancia hicieron de ella una de las personalidades más influyentes en la moda del siglo XX. Para comprender su influencia y su dimensión, la muestra presentó 60 vestidos de alta costura de su colección privada, de modistos como Giorgio Armani, Pierre Balmain, Marc Bohan (Dior), Roberto Cavalli, Madame Grès, Jean Paul Gaultier, Ralph Lauren, Emanuel Ungaro, Yves Saint Laurent y Valentino, entre otros, así como sus propias creaciones.

Jacqueline de Ribes (Paris 1929) ha sido en una sola vida aristócrata, diseñadora, musa e icono de estilo. Esta condesa, conocida como «La última reina de París» gracias a su amigo Valentino, poseía solo dos vestidos cuando se casó con el conde Édouard de Ribes en 1948. Sin embargo, su elegancia natural, su forma de entender la moda y su particular físico pronto sedujeron a personajes como Yves Saint Laurent, diseñador que se refería a ella como «unicornio de marfil». 

Elegante y longilínea, esta aristocrática mujer fue también sujeto de preferencia de los más grandes fotógrafos, como Richard Avedon, David Bailey, Horst, Cecil Beaton, Irving Penn, Francesco Scavullo y Juergen Teller.

Pero ¿quién es Jacqueline de Ribes? Para muchos, esta mujer aún en vida, es la última representante de un período dorado, entre los años 50 y los 80, época de bailes míticos y de fiestas en Capri; de los escándalos de Elizabeth Taylor y Richard Burton; de la dolce vita; de playboys stars y de lánguidas mujeres como Truman Capote bautizó a las etéreas y aristocráticas Marella Agnelli, Gloria Guinness, Babe Paley y la propia Jacqueline, que marcaban el ritmo de la jet set con un sutil gesto de la mano. Y en toda la sociedad parisina, muy elegante, Jacqueline de Ribes sobresalía por su exquisita originalidad y su estilo, admirado e inevitablemente imitado.

Le gustaba ser el centro de atención y cultivó todas sus habilidades. Se dice que para una fiesta de disfraces en 1959, a la que asistieron invitados como la duqesa de Windsor y Oscar de la Renta, no llegó hasta el postre. El propio diseñador declaraba a Vanity Fair que su entrada triunfal fue, como un espectáculo, al aparecer con un vestido de alta costura que ella misma se había atrevido a costumizar personalmente.

Una de sus virtudes más destacadas fue la persistencia y el empeño en conseguir sus sueños. A pesar de que la familia de su marido no se lo puso fácil, luchó por ser algo más que «la mujer de» o una aristócrata adinerada. Sus habilidades sociales y su atractivo le proporcionaron buenas y profundas amistades que le ayudaron a dar sus primeros pasos como diseñadora y empresaria.

En 1983 presentó en su casa su primera colección, con modelos prestadas por su amigo Yves Saint Laurent, quien asistió al desfile, así como Pierre Bergé, Ungaro y Valentino. Sus diseños fueron recibidos con entusiasmo en París y, especialmente, en Estados Unidos, donde Saks Fifth Avenue se apresuró a firmar con Jacqueline un contrato de exclusividad por tres años.

Dos años más tarde, 40 tiendas estadounidenses vendían sus creaciones. Su ropa encajaba perfectamente con el ideal del glamour de los años 80. En 1986, la crítica de moda de The New York Times escribió: “ Sus vestidos de noche son espectacularmente bellos, sus formas estilizadas y esbeltas, como la propia diseñadora”.

En efecto, sus vestidos eran largos y ajustados, algunos con importantes volados, pliegues o moños. Los modelos podían costar 5.000 dólares. Obviamente, De Ribes diseñaba para mujeres como ella, con su silueta… y sus medios económicos. El negocio funcionaba de maravillas Cher, la primera dama Nancy Reagan, Hélène de Rothschild, Barbara Walters y Joan Collins se contaban entre sus clientas.

Su lema es que había que vestir de forma, o muy loca, o muy estricta, pero nunca de una manera ‘insulsa’. Le gustaba ir de fiesta, de día y de noche, y para cada ocasión buscaba el mejor modo de afirmar su individualidad. Para ella, la elección de su vestuario era “como una especie de arte, una performance”.

Con 93 años, Jacqueline puede presumir de haber sido una diseñadora de éxito, manejar una compañía de ballet,  musa de artistas y referente de una época, recordemos  la colección de alta costura Divine Jacqueline que Jean Paul Gaultier le dedicó en 1999.Casi 10 años después recibió recibió la Legión de Honor de manos de Sarkozy. 

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